Superviviente designado: Una infructuosa defensa de la democracia liberal

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Muchos habrán oído nombrar la serie de Netflix “sucesor designado”, la cual terminó su segunda temporada recientemente. Para no dar spoilers resumiré un poco de la trama, y de ahí dilucidaremos este interesante thriller político que intenta ser un grito desesperado del establecimiento por intentar mantener el discurso pro-establecimiento, y el muerto cadáver ideológico que defiende, que es el de la democracia liberal.

La historia comienza con Tom Kirkman, quien es secretario de la cartera de vivienda y desarrollo urbano (equivalente estadounidense al ministerio de vivienda en Colombia) de la administración del Presidente de los Estados Unidos del momento Él, por una razón que no sabemos hasta bien desarrollada la serie, es nombrado “superviviente designado”, figura legal que sirve como respaldo del presidente de los Estados Unidos en caso de que este y el resto del gabinete mueran en un solo punto a la misma vez. Encerrado en un bunker con varios agentes del servicio secreto protegiéndolo, Kirkman ve el discurso de la unión, el cual da apertura ceremonial a las sesiones parlamentarias del congreso de los Estados Unidos. Repentinamente, se pierde la señal… al abrir la ventana, se ve lo improbable: el capitolio ardiendo en llamas después de una fuerte explosión, en la cual terminan siendo liquidadas las tres ramas del poder del gobierno norteamericano: El presidente y su gabinete, los jueces de la suprema corte, ambas cámaras reunidas. Automáticamente, Kirkman es llevado a la casa blanca bajo medidas extremas de seguridad, en donde una juez le hace tomar juramento como presidente de los Estados Unidos ante la mirada atónita y bastante consternada de la mayoría de funcionarios de la casa blanca que aún no salen del terror al ver lo sucedido.

Hasta aquí, todo normal. Ese es el fundamento de la serie misma, y el fundamento ideológico que hay detrás: el mantenimiento del poder ejecutivo norteamericano después de una situación de desastre como lo es la pérdida de un solo golpe de todo el andamiaje de poder. Y de ahí, deriva una seguidilla de ataques, de conspiraciones, de traiciones intensas en medio de una lucha intestina por el poder en medio de la locura la paranoia y el natural pánico.

Es obvio que se pretende glorificar y lavar la cara del partido demócrata (se infiere que la administración precedente que pereció de un plumazo en el ataque del capitolio es demócrata), además de arrojar ciertas luces sobre los actuales momentos que vivimos (el concepto Pax americana como una alusión clara a los principios ideológicos de los actuales movimientos de derecha alternativa) y como la configuración geopolítica internacional intenta aprovechar en su favor ese peor momento de crisis para hacer leña del árbol caído.

No es la sucesión de intrigas por el poder que nos muestra otra serie de Netflix, House of Cards. Tom Kirkman no es un político sin escrúpulos que es capaz de pasar por encima de quien sea para tener el poder, es simplemente un simple funcionario del gobierno que fue orillado por las circunstancias a tener el poder. Situación similar vivida por el emperador Claudio, en tiempos de la antigua roma después del asesinato de Calígula: al ser asesinado este, su esposa y su hija, Claudio se escondió espantado detrás de una cortina en donde fue descubierto por un centurión romano, el cual al descubrirlo simplemente hizo una reverencia gritando a voz en cuello Ave Cesar, proclamándolo emperador, muy a su pesar. Kirkman es el Claudio americano de esta pantomima (muy bien lograda por cierto), un hombre ingenuo que no sabe cómo lidiar con el poder, que vive crisis tras crisis, una seguidilla de eventos nefastos que parecieran perseguirlo pero de los que termina saliendo a duras penas y con graves secuelas (e incluso exponiendo su vida en ello). Este hombre, orillado al poder en contra de su propio deseo, por las circunstancias y el deber comienza a demostrar dotes de mando y negociación intentando mantener su ética y principios, y lidiando así mismo con las intrigas de Washington D.C, y los intereses partidistas de algunos políticos que sacan provecho de la situación (cosa que es más patente en la segunda temporada). Y en este caso es destacable el rol de Kimbell Hookstraten, la otra superviviente: los miembros de la cámara de representantes la habían designado también superviviente designada en caso de que sucediese algo. Ella, representante del partido republicano (no nos dice de que estado es representante a la cámara) se convierte automáticamente en el congreso, o al menos en la portavoz oficial al ser la única parlamentaria que queda con vida. Al comienzo pretende intrigar, pero luego su parecer cambia al ver que las intenciones del presidente Kirkman no son para nada políticas.

Pareciera que la configuración del bueno y el malo siempre está presente. Se nos presenta la democracia siendo atacada, pero ¿por quién? La duda queda en el aire. Se sospecha de los enemigos de siempre: de los terroristas islámicos, es sencillo hacer tal afirmación después de tan gran desastre ¿Por qué no afirmar tal cosa?, el islam siempre ha odiado todo lo que representa los valores occidentales de democracia y libertad. Es sencillo… pero es simplista. Todo apunta primeramente a ellos, y es entonces que el verdadero juego inicia. El desarrollo de la primera temporada se basa en estas primeras hipótesis y como se van configurando las redes de traiciones de una conspiración interna que pareciera no tener fin. Es aquí la esencia del juego que nos pone la serie: del planteamiento que el enemigo no está afuera, sino adentro.

Y es obvio a donde apunta todo. Los republicanos, en medio del desastre se movilizan como oposición activa en contra del nuevo presidente demandando y exigiendo un mayor control a los inmigrantes musulmanes. Un gobernador, republicano por cierto, se levanta en contra del ejecutivo y el presidente ordena su arresto. Hay insinuaciones de abusos policiales, de la misma retórica de defender los ideales americanos de democracia y pluralidad aun pasando por encima de los derechos individuales, la segunda temporada apunta a hacer críticas muy veladas y sutiles a la agenda republicana y todos los puntos que defiende. Y aquí es en donde están los atisbos de Pax Americana: un demoledor y crudo manifiesto contra todo aquello que representan los valores de pluralidad democrática, los cuales han destruido a la nación y que los han llevado a la postración política. El enemigo se hace visible… y es evidente el cliché. Ya sabemos que la lucha entre buenos y malos es interna: es el típico cliché de cineasta político que lava la cara de la agenda política parodiando y mostrando a una derecha inepta y ambiciosa, y a una izquierda benevolente que quiere defendernos a todos de las garras del fascismo. Y no hay que negar, es un guion bien logrado pero no por ello se tiene que aceptar el mensaje de fondo o la intencionalidad que se tiene de lavar lo que queda del inviable sistema democrático que está colapsando en pedazos y que tarde que temprano tendrá su fin.

Y entonces, nos devolvemos al hecho que desencadenó todo esto. El estallido repentino del capitolio y la muerte de toda la plana mayor del gobierno estadounidense. En el concurso actual de cosas que estamos viviendo, esto tiene un significado enorme aun siendo ficción. Sí, es sencillo que una bola de locos armados tome por asalto la casa blanca (paso en Olimpo bajo fuego y en otra película) pero al final después de los destrozos la democracia liberal se mantuvo, y ese es el mensaje que se quería dar, la intencionalidad política del guión. Pero el hecho de que el inicio del todo será el capitolio explotando por los aires, liquidando al presidente, al vicepresidente, al gabinete en pleno (la gran mayoría) a ambas cámaras y a los jueces de la suprema corte, sumado funcionarios y empleados del edificio, es un mensaje que es obvio. Es la representación perfecta del momento que estamos viviendo: el colapso, la muerte del sistema de la democracia liberal. En el plano real, esto sería poderosamente demoledor tanto como la revolución rusa, el colapso del muro de Berlín o la masacre de la plaza de Tlatelolco. Pero aun así, intenta resucitarse a la misma. Al mismo sistema muerto se le intenta insuflar vida con alguien que no es un político profesional, que solo es un simple secretario de vivienda orillado por las circunstancias a asumir el mando, las riendas de una nación, volviendo entonces al cliché recurrente del mesianismo improbable del pequeño aprendiz que se convierte en un salvador de todos. Solo que el final no está cerrado… para ello, tendremos que ver en que sigue la tercera temporada.


 

Sebastian Jiménez

Bloguero libertario, políticamente incorrecto y directo con sus opiniones, sus conocimientos los ha adquirido como autodidacta en historia, economía y política. Gran crítico con el colectivismo LGTB+ y simpatizante del Alt Right Americana.

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