Monarquía en américa latina… ¿es una opción factible?

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Toco ahora un tema tabú en la política latinoamericana y un tema que despierta resquemores. Hablo del tema de la monarquía y sus implicaciones como una alternativa para nuestro convulso sistema político.

Y es bastante curioso que lo saque a colación, dada la naturaleza de la tradición republicana derivada desde los tiempos de la independencia, aunque ha habido algunos intentos y ensayos por establecer una monarquía en el continente; algunos exitosos, otros no tanto pero a la larga todos tuvieron particularidades propias de su contexto. Y dada la naturaleza del fracaso de los sistemas republicanos, la desmesurada corrupción existente, la desconfianza de la gente hacia las instituciones “democráticamente” elegidas, los sistemas monárquicos pueden erigirse como una opción demasiado interesante para garantizar una mediana neutralidad y control de las mismas instituciones.

Es obvia la natural reticencia hacia un sistema que muchos han tildado de obsoleto. Sin embargo, en muchos países ha demostrado una viabilidad razonable debido a que el monarca o soberano ha decidido entregar muchas de sus funciones a un gobierno constituido democráticamente, sirviendo como simple garante de la soberanía depositada históricamente sobre sus hombros. En muchos casos particulares, la figura del monarca ha garantizado estabilidad y continuidad política en medio de momentos de incertidumbre y crisis política.

La restauración monárquica como una alternativa en Brasil.

 

Históricamente hay tres casos particulares en los cuales se intentó establecer y consolidar una monarquía con toda regla y caso: México, Brasil y Haití, pero profundizaremos más en los dos primeros. De los tres, solo uno logró fructificar el cual fue el caso de Brasil, primero dependencia colonial sujeta a la corona portuguesa, luego convertida en un reino constituyente bajo la soberanía del monarca portugués (después de que este decidiera trasladar la corte de Lisboa a Rio de Janeiro por la inminencia de la invasión napoleónica). De ahí derivo luego a la independencia y la proclamación del “Imperio del Brasil”, por instigación del príncipe regente Pedro, el cual se autoproclamó “Emperador” después del grito de Ypiranga.

La consolidación de la monarquía en Brasil sufrió enormes tropiezos debido a la naturaleza autoritaria del flamante emperador Pedro I, el cual se vio enfrentado a diferentes rebeliones políticas que lo obligarían a abdicar su corona en manos de su hijo mayor, el príncipe Pedro, el cual daría origen a la rama brasileña de la casa de Bragança. Durante el periodo de regencia se sucedieron levantamientos en todo el territorio debido a la inconformidad de los diferentes sectores políticos, los grandes terratenientes y estancieros del sur intentaron incluso independizarse creando varios estados independientes que fueron suprimidos en una muy cruda guerra de 4 años (periodo conocido como revoluçaofarroupilha la cual afectó gran parte del sur de Brasil, especialmente la región de Rio Grande do Sul y Santa Catarina). Solo fue hasta su proclamación anticipada de mayoría de edad (16 en vez de los 18) por las cortes brasileñas que se logró la pacificación política acabando el periodo caótico de la regencia.

Ahora, vamos a los hechos puntuales. El papel del monarca en el sistema brasileño no era el de un monarca de funciones ceremoniales. Sus poderes eran fácticamente, de arbitramento entre los diferentes partidos políticos a los cuales debía de convocar para que conformaran gabinete de una manera paritaria y cogobernando. El poder ejecutivo recaía obviamente en el presidente del gabinete, el cual respondía ante el emperador. Así mismo, el emperador debía de convocar a las cortes (el parlamento) disolverlas si era necesario, convocar elecciones o interponer una moción de censura con respecto a cualquier ley que no fuera favorable a los intereses del pueblo. En otros términos, la figura del monarca en el sistema brasileño era más la de un valedor de las libertades mismas de sus súbditos ante el ejecutivo y las cortes. Y otro hecho que debe de reconocerse es que Pedro II siempre fue consciente de que las erogaciones públicas debían de mantenerse bajo control, por lo que siempre mantuvo una vida recta y austera en el paço do sãoCristóvão, que para ese entonces era la residencia imperial. En medio de la sucesión de caóticos caudillismos del siglo XIX, de guerras civiles, de luchas intestinas por el poder en la mayoría de los países latinoamericanos, Brasil destacó por ser una nación que prosperaba económica y socialmente, en la cual incluso se empezaron a ver los enormes flujos migratorios de franceses, alemanes, italianos, húngaros y eslavos que decidieron dejar el viejo mundo para asentarse en suelo carioca.

Y otra cosa que se debe de destacar es el talante liberal que tenía Pedro II con respecto a política, artes, ciencia y tecnología. A diferencia de muchos monarcas, los cuales tendían al conservadurismo más rígido, Pedro II siempre tendió a la apertura y la búsqueda de reformas políticas que ampliaran más las libertades de sus súbditos, aun en contra de las mismas oligarquías terratenientes en las cuales se sostenía el imperio mismo, y aun en contra de la propia aristocracia carioca. Sin embargo, no todo el mérito recaía sobre el propio emperador: ministros como Irineo Evangelista de Sousa, Vizconde de Mauá y el Duque de Caxias también aportaron para la propia consolidación social del imperio.

La ironía de todo esto es que debido al natural talante progresista del emperador, los sectores descontentos de la alta aristocracia decidieron apoyar al bando republicano, y a fines de 1883 derrocan al emperador en un golpe de estado dirigido por el general Teodoro Gracias da Fonseca. De ahí en adelante, Brasil comenzó un periodo de inestabilidad política y social que iría escalando más y más hasta llegar a la actual desastrosa situación sociopolítica existente, y en la cual parece que el movimiento monarquista Brasileño está cosechando frutos para poder poner de nuevo en la arena del debate político la restauración de la monarquía. Sin embargo, el pretendiente al trono, don Bertrand de Orleans-Bragança es una figura muy distante de los valores que en sus días representó Pedro II, y ello contando que el tercero en la línea de sucesión al trono, el príncipe Joao tiene más carisma y propiamente dicho se identifica mucho con los valores liberales de su ancestro, el emperador Pedro II. Actualmente hay una iniciativa ciudadana firmada por 20.000 infrascritos los cuales solicitan que la posibilidad de una restauración monárquica sea discutida en el congreso, el cual en este momento vive una de sus peores crisis de legitimidad debido a los escándalos de Odebretch y la operación Lava-jato. Y durante las últimas manifestaciones, se ha visto el resurgir de la vieja bandera imperial, además de la activa participación política de otras figuras cada día más prominentes de la familia imperial Brasileña: el príncipe Luis Felipe de Orleans debate constantemente en plaza pública con diferentes políticos de izquierda y derecha, como si fuera un político más. Solo el tiempo dirá si hay viabilidad, pero algunos no ven la restauración de la monarquía en Brasil como un completo disparate.

México: la inviabilidad de una tradición monárquica.

 

Pocos tienen presente la figura de Agustín de Iturbide en la historia latinoamericana e incluso mexicana. Primero, general realista.  Luego pasado al bando independentista. Posteriormente consolida la independencia y se hace proclamar emperador de los mexicanos, estableciendo una monarquía (o el intento de ella). Derrocado, se exilia, y luego regresa al enterarse de la inminente invasión de reconquista. Nada más llegar, es ejecutado por órdenes del nuevo gobierno, y su familia se exilia en Estados Unidos. De ahí en adelante, a Iturbide se le trata como un execrado aun a pesar de haber sido el real artífice de la independencia del actual México. Se le denigra por haberse proclamado emperador y se enaltece a su rival político, Vicente Guerrero. Las pocas referencias que hay de él son negativas, en las cuales se infravalora su rol durante la última etapa de la independencia mexicana, en la cual él fue el principal artífice del ejercito trigarante que logró consolidar el proceso de emancipación en el país azteca. Sin más, la figura de Iturbide merecería una reivindicación justa para sus logros pero la historia “Oficial” necesita de héroes y villanos. Mientras USA tiene a BenedictArnold, el héroe que por instigación de su propia esposa se pasa al bando británico, México tiene a Agustín de Iturbide, o “Su majestad imperial, Don Agustín I, emperador de México”.

De ahí en adelante, el estado azteca decidió continuar con su propia tradición republicana y no fue ajena a los caudillismos personalistas. Antonio López de Santa Anna tuvo veleidades monárquicas en su tiempo, y solicitó y le fue concedido el estilo de “Alteza Serena”, título que por protocolo solo corresponde a los príncipes soberanos de un estado soberano. Ello no gustó en absoluto y fue derrocado mucho después. Con posterioridad, los franceses intentarían un tercer ensayo. El flamante “Segundo Imperio Mexicano”, creado bajo el ala y patrocinio de los intereses coloniales de Napoleón III quien aprovechó la desastrosa coyuntura económica derivada de las guerras de reforma para expandir su influencia en américa latina, contrarrestando la influencia de potencias rivales que también tenían mismos planes fue una consecuencia de ello. En este caso, para revestir mayor legitimidad instalan a un príncipe de la casa de Habsburgo-Lorena. Maximiliano (o su alteza real, el archiduque Franz Karl Josep Maximilien María HabsburgundLothringen). Las cosas terminarían a la larga mal, con la ejecución del propio emperador en el cerro de las campanas, en Querétaro, luego de ser dejado a su suerte después de que las tropas francesas fueran repatriadas debido a la inminencia de una guerra contra Prusia.

Juárez con posterioridad sella de un plumazo toda posibilidad de establecer o restaurar una monarquía, ordenando, por mandato constitucional, la prohibición y el desconocimiento de todo rango y título de nobleza sea nacional o extranjero. Tal cláusula constitucional aún sigue vigente, aunque por cosas de la historia muchos nobles de Europa se han terminado asentando en suelo azteca: ejemplos destacados son la casa real de Poniatowsky, de ascendiente polaca de la cual hace parte la periodista y escritora de extrema izquierda Helena Poniatowska, y la casa Hohenloe, cuyo miembro más destacado es Hubertus Von Hohenloe, esquiador de fondo y representante por México en los juegos olímpicos de Invierno de Sochi.

Lo irónico del asunto es que el imperio mexicano, el proyectado por Maximiliano tenía similitudes con el modelo que había creado Pedro II en Brasil: una monarquía de corte liberal, aperturista, de tendencia parlamentaria. Los conservadores mexicanos tenían proyectada una idea de una autocracia conservadora, muy en la línea del modelo francés de Napoleón III, el cual apoyó semejante proyecto. Aun habiendo notables diferencias, Maximiliano mantuvo e incluso hizo sus propias reformas liberales. Aun los rastros del segundo imperio mexicano se pueden ver en el México contemporáneo: el “paseo de la reforma” fue concebido por el propio emperador Maximiliano inspirado en el boulevard francés, y las primeras fiestas de la independencia del 16 de septiembre fueron en un comienzo concebidas por el propio Maximiliano, quien instituyo tal día como feriado oficial.

La cosa está en que el monarquismo en México no tiene casi adeptos, salvo algunos grupos que sencillamente enarbolan la idea de la monarquía atendiendo a principios reaccionarios, mismos principios que fueron el fracaso del primer y segundo imperio. No hay una tradición monárquica establecida y sólida, solo grupúsculos que se suelen reunir en Querétaro el día del fusilamiento de Maximiliano como un rezago testimonial de un intento monárquico que nunca fructificó. Dejan una ofrenda de flores, gritan “viva México, viva el emperador”, sacan un remedo de bandera imperial y se van. No hay proyectos serios, no hay intenciones serias de establecimiento de una monarquía, y aun así el actual descendiente de Agustín de Iturbide,  el conde Salvador Iturbide y Gôtzen (Húngaro de nacimiento y perteneciente al tronco Iturbide-Gotzen) no tiene muchos intereses en reclamar un trono que nunca fue suyo.

Entonces… ¿Por qué la monarquia es preferible?

 

Miremos algunos casos fuera de américa latina. Inglaterra tiene una monarquia de casi 1.000 años en los cuales prosperó como nación y ató a los reinos vecinos a la soberanía de su monarca.  Aun con el paso del tiempo, la institución monárquica en Inglaterra se ha mantenido con todo y sus dificultades. Hay otros casos destacables alrededor del globo, pero la particularidad latinoamericana en las cuales las monarquías han brillado por su inexistencia a la larga ha jugado en contra en nuestro continente. Nuestras elites políticas son ambiciosas, corruptas y estúpidas. El republicanismo, la división de poderes, el sufragio universal son solo farsas que sostienen la misma organización de ratas que solo desangran y saquean los recursos de nuestros países. Son los mismos valores de la revolución francesa, aquella que se encubrió de los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad solo para desatar una atroz carnicería que cobro sus primeras vidas en el rey Luis XVI y su esposa, Maria Antonieta, figuras trágicas y desdibujadas por la historiografía posterior. ¿Y entonces? Ya es hora de que empecemos a reaccionar y ver que el republicanismo tan glorificado por nuestros políticos corruptos ha sido un fracaso. Y ya es hora de optar por una alternativa mas funcional, y mejor.

Sebastian Jiménez
Editor y colaborador Mises Colombia |

"Historiador autodidacta, bloguero, colaborador y miembro fundador de Mises Colombia. Suele ser critico con los nuevos movimientos progresistas, anarcocapitalsta por conviccion pero realista politicamente, tiene afinidad por el conservadurismo pero reconoce que hay que dar un viraje al mismo en america latina"

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