Los sesgos cognitivos también afectan a los que empujan con el gobierno

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Por: Ilya Somin

El economista Richard Thaler recientemente ganó el premio Nobel en economía del 2017 por su importante trabajo en que documenta errores cognitivos extendidos en la toma de decisiones humanas (won the 2017 Nobel Prize in economics for his important work documenting widespread cognitive errors in human decision-making) Muy a menudo, la gente parece fracasar en actuar tan racionalmente como lo asumen los modelos económicos convencionales y al menos algunos de esos errores son sistemáticos en su naturaleza. Tales errores pueden conducir a errores que disminuyen enormemente nuestra salud, felicidad y bienestar.

Thaler y muchos otros académicos de la economía del comportamiento, aseveran que el gobierno debería intervenir para proteger a la gente en contra de sus sesgos de conocimiento, mediantes diversas formas de políticas paternalistas (paternalistic policies). En el escenario óptimo, los reguladores del gobierno pueden empujarnos a corregir nuestros errores cognitivos (“nudge” us into correcting our cognitive errors), ampliando, por tanto, nuestro bienestar, sin reducir significativamente la libertad.

EMPUJADORES IRRACIONALES

Pero, ¿podemos confiar en que el gobierno es menos inclinado hacia el error cognitivo que los consumidores del sector privado, cuyas equivocaciones deseamos corregir? Pero, si no es así, las políticas paternalistas simplemente pueden reemplazar una forma de sesgo cognitivo por otra, que tal vez es incluso peor. Desafortunadamente, un estudio reciente sugiere que los políticos también están inclinados a sufrir sesgos cognitivos severos –especialmente cuando consideran asuntos ideológicamente cargados. Los académicos daneses Caspar Dahlmann y Niels Bjorn Petersen resumen sus hallazgos (summarize their findings) provenientes de un estudio de políticos daneses:

“Llevamos a cabo una encuesta a 954 políticos locales daneses. En Dinamarca, los políticos locales toman decisiones acerca de servicios cruciales, tales como escuelas, centros de cuido, cuidado de ancianos y diversos servicios sociales y de salud. Dependiendo de sus creencias ideológicas, algunos políticos piensan que la provisión pública de esos servicios es mejor que la provisión privada. Otros piensan totalmente lo opuesto. Queríamos ver cómo esas creencias afectaban las formas cómo estos políticos interpretan la evidencia…

En nuestra primera prueba, les preguntamos a los políticos que evaluaran la satisfacción de los padres acerca de una escuela pública y una privada. Deliberadamente habíamos formulado la comparación de forma que una escuela tenía un mejor desempeño que la otra. Luego, dividimos a los políticos en dos grupos. Un grupo obtuvo los datos –sin información alguna acerca de si la escuela era pública o privada. Las escuelas simplemente se denominaron ‘Escuela A’ y ‘Escuela B.’ El otro grupo obtuvo exactamente los mismos datos, pero, en vez de ser de la ‘Escuela A’ y de la ‘Escuela B,’ los títulos de las escuelas eran simplemente ‘Escuela Pública’ y ‘Escuela Privada.’

Si los políticos están influenciados por sus ideologías, esperaríamos que serían capaces de interpretar la información acerca de la ‘Escuela B’ y la ‘Escuela A’ correctamente. No obstante, el otro grupo sería influenciado por sus creencias ideológicas acerca de la provisión privada versus pública de servicios de bienestar, en formas que pudiera conducirles a cometer errores…

Es exactamente lo que encontramos. La mayoría de los políticos que interpretaban los datos de la ‘Escuela A’ y de la ‘Escuela B,’ fueron perfectamente capaces de interpretar la información correctamente. Sin embargo, cuando se les preguntó que interpretaran los datos acerca de una ‘Escuela Pública’ y de una ‘Escuela Privada,’ ellos, a menudo, los interpretaron equivocadamente, para hacer que la evidencia calzara con la conclusión deseada.”

Aun cuando se les presentara evidencia adicional para ayudarles a corregir sus errores, Dahlmann y Petersen encontraron que los políticos tendían a insistir en sus errores, en vez de admitir que podían haberse equivocado. Y vale la pena hacer notar que Dinamarca es considerada a menudo como modelo para una buena gobernabilidad que otras naciones deberían imitar (a model of good government that other countries should imitate). Si los políticos daneses están inclinados a severos sesgos ideológicos en su interpretación de la evidencia, lo mismo -o peor- es posible que sea cierto de sus contrapartes en los Estados Unidos y en el resto del mundo.

Los políticos no sólo son sesgados en su evaluación de temas políticos. Muchos de ellos también son ignorantes Por ejemplo, el afamado periodista de la política, Robert Kaiser, encontró que la mayoría de los miembros del Congreso de los Estados Unidos conoce poco acerca de la política “y que ambos conocen y les interesa más acerca de política que acerca de la sustancia” (found that most members of Congress know little about policy and “both know and care more about politics than about substance”). Cuando senadores republicanos trataron de impulsar en el Congreso el mes pasado el proyecto Graham-Cassidy de reforma a la salud, pocos tenían algún grado de entendimiento acerca de que se trataba el proyecto. Un cabildero de los republicanos hizo notar que “a nadie le importa lo que el proyecto hace en la realidad” (noted that “no one cares what the bill actually does”).

Dada una ignorancia y un sesgo tan extendidos, es poco posible que podamos contar con políticos que corrijan nuestros errores cognitivos. Por el contrario, darles el poder para tratar de hacerlo y, en vez de ello, les estaremos damos plena vigencia a la ignorancia y al sesgo de los propios políticos.
LAS DECISIONES DE MERCADO

Pero, tal vez los votantes pueden incentivar a los políticos para que evalúen la evidencia con un mayor cuidado. En principio, podrían excluir a candidatos que son sesgados o están mal informados, y elegir a tomadores de decisiones que sean conocedores y objetivos. Tristemente, eso es poco posible que suceda, debido a que los votantes propiamente también sufren de una ignorancia política masiva (also suffer from massive political ignorance), a menudo ni siquiera se dan cuenta de los hechos más básicos acerca de la política pública (unaware of even very basic facts about public policy). Y, tal como los políticos daneses en el estudio de Dahlmann y Petersen, los votantes también tienden a ser altamente sesgadas en su evaluación de la evidencia (tend to be highly biased in their evaluation of evidence).

Significativamente, tanto los votantes como los políticos tienden a ser mucho más sesgados cuando evalúan la evidencia en temas políticos, que cuando lo hacen con evidencia similar acerca de otros asuntos (much more biased in evaluating evidence on political issues than similar evidence about other matters). Los políticos encuestados por Dahlmann y Petersen tiene poca dificultad para evaluar los datos acerca del desempeño de la ‘Escuela A’ versus la ‘Escuela B,’ pero eran altamente sesgados cuando consideraban el desempeño de las escuelas privadas en comparación con las públicas. Esto último es un tema político controversial, en tanto que el primero no lo es.

Este no es un resultado sorprendente. Tomar decisiones racionales y mantener nuestros sesgos bajo control, a menudo requiere de un esfuerzo considerable. Los votantes tienen muy poco incentivo para hacer tal esfuerzo en asuntos políticos, debido a que el chance de que un voto cualquiera haga una diferencia en el resultado de una elección, es extraordinariamente pequeño. Como resultado, en la realidad es altamente racional para ellos ser ignorantes acerca de la mayoría de los asuntos políticos y para hacer un esfuerzo pequeño o ninguno para evaluar la información política en una forma no sesgada. Por contraste, las decisiones en el sector privado son mucho más posibles que logren una diferencia. Esto crea mayores incentivos tanto para adquirir información como para evaluarla objetivamente, aunque obviamente pocos de nosotros evitamos los sesgos completamente. No es un accidente que la mayoría de la gente gasta más tiempo y esfuerzo buscando y evaluando información cuando deciden qué TV o teléfono inteligente comprar, que cuando deciden por quién votar en una elección presidencial –o en cualquiera otra elección.

Los políticos supuestamente poseen incentivos más fuertes para aprender acerca de la política de los que tienen los votantes. Sus decisiones acerca de asuntos de política a menudo  hacen una diferencia. Pero, debido a que los votantes como tales a menudo son ignorantes y sesgados, tienden a tolerar -e incluso a recompensar- la ignorancia política de aquellos que ellos eligen. Los políticos tienen un incentivo fuerte para trabajar en destrezas de campañas, pero relativamente pocos incentivos para llegar a ser conocedores acerca de la política. No es sorprendente que a la mayoría le va mucho mejor en lo primero que en lo segundo.

Reimpreso del Washington Post

ILYA SOMIN es profesor de leyes de la Universidad George Mason. Su investigación se centra en el derecho constitucional, las leyes de propiedad y en el estudio de la participación política popular y sus implicaciones para la democracia constitucional.


Traducción por Jorge Corrales. FEE

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