Qué es la libertad de circulación y residencia

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El liberalismo reclama que todas las gentes puedan vivir donde más les plazca.

Se critica, en algunos sectores, el programa del liberalismo diciendo que constituye pensamiento esencialmente negativo , lo cual —agrégase— es natural y comprensible, dado que el pedir libertad supone siempre solicitar amparo contra la acción de tercera persona. El autoritarismo, en cambio, es positivo . Lo que tal argumentación, en el fondo, pretende es atacar a los liberales, apoyándose en ese patente juicio de valor que la contraposición de los vocablos positivo y negativo , para la generalidad, encierra.

Tedioso, tal vez, resultara el volver a destacar que el ideario liberal —al postular una sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción— resulta no menos positivo que cualquier otro programa político. Es negativo, desde luego, el liberalismo cuando rechaza y combate cuanto se opone a aquella su tan positiva demanda. Adopta entonces el liberal indudable posición defensiva —al igual que el patrocinador de cualquier otro ideario en caso similar haría—, actitud que será más o menos enérgica según sea la agresividad del oponente. Cuando la contestación resulta agria, el liberal contraataca con nervio; cuando es suave o trivial, unas breves y moderadas palabras le bastan.

Libertad de circulación y la defensa del liberalismo

La defensa del liberalismo ha tenido que adoptar, por eso, a lo largo del tiempo, muy diferentes caras, según la que el atacante, de faz siempre mudable, en cada caso presentaba. La discusión acerca del derecho del individuo a moverse, con toda libertad, dentro y fuera del país, prueba la certeza de lo anterior. El liberalismo reclama que todas las gentes puedan vivir donde más les plazca. Tal demanda evidentemente nada tiene de «negativa». El que uno pueda trabajar y gastarse su dinero en cualquier parte es la propia esencia de una sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción. Las peticiones liberales devienen, sin embargo, negativas cuando tienen que enfrentarse con fuerzas externas que pretenden sustraer a las gentes la libertad de movimiento. La defensa de tal derecho ha presentado, por eso, aspectos unas veces positivos y otras negativos. El liberalismo, al nacer, en el siglo XVIII y comienzos del XIX , hubo de luchar por el derecho a emigrar. La discusión, en cambio, contráese hoy a la facultad de inmigrar, de acceder a otros países. Los primitivos liberales hubieron de combatir contra las ordenanzas reales que prohibían al campesino establecerse en la ciudad y que severamente castigaban a quienes, sin el permiso debido, pretendían abandonar el país, con vistas a vivir mejor, lejos de la patria.

La inmigración, en cambio, era, por lo general, libremente permitida. El planteamiento, actualmente, es, según decíamos, diferente por entero. La nueva tendencia comenzó a manifestarse, hace algunas décadas, con la prohibición de admitir la entrada a los coolies chinos. Pero ahora el acceso de inmigrantes a cualquier país de los que a las gentes apetecen, hállase prohibido o severamente limitado. Tal política tiene dos facetas: la de orden sindical y la de tipo proteccionista. Dejando aparte la acción violenta e intimidatoria, como el asociacionismo coactivo, la huelga obligatoria y el terrorismo contra el esquirol, los sindicatos, sólo mediante la restricción de la oferta laboral, pueden efectivamente influir el mercado salarial.

Como quiera que no pueden reducir, en el mundo entero, el número de potenciales laboradores, lo que hacen, para disminuir los «brazos» disponibles, es tasar el acceso de trabajadores al país, en general, o, en todo caso, a específica rama industrial, con el consiguiente perjuicio para quienes quedan excluidos. Por evidentes razones políticas, tropiezan las uniones sindicales con dificultades para prohibir a sus propios compatriotas el acceso a este o a aquel sector; mucho más fácil para ellas, en cambio, resúltales vetar la entrada de extranjeros al país. Las naturales condiciones de producción son más favorables en los EE. UU. y, en su consecuencia, los salarios americanos superiores a los que en la mayor parte de Europa se pueden pagar.

Los trabajadores europeos, consecuentemente, en gran número, emigrarían al otro lado del océano. La legislación estadounidense, sin embargo, dificulta tal movimiento. Las retribuciones laborales en EE. UU. mantiénense así por encima del nivel que, en otro caso, alcanzarían, mientras las europeas quedan subvaloradas. El trabajador americano gana y el europeo pierde. Pero no son sólo los indicados efectos salariales los que las barreras migratorias provocan. Dada la relativa escasez de mano de obra en las zonas mejores y el relativo exceso de la misma en los territorios peores, se produce más en éstos y menos en aquéllos de lo que en régimen de libertad migratoria sucedería. Es el mismo efecto que las tarifas proteccionistas provocan.

Fragmento del libro Liberalismo de Ludwig von Mises.

Ludwig von Mises

Fue un economista austríaco de origen hebreo, historiador, filósofo y escritor liberal que tuvo una influencia significativa en el moderno movimiento libertario en pro del mercado libre y en la Escuela Austríaca.
Planteó lo perjudicial del poder e intervención gubernamentales en la economía que, según su teoría, por lo general llevan a un resultado distinto al natural y por esto muchas veces perjudicial para la sociedad, ya que generan caos en el largo plazo.

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