Carta a los empresarios

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Es un signo común de los tiempos que corren atribuirles muchos de los males de la sociedad a ustedes los empresarios. Calificados por sus principales detractores como “mafias” o en un estilo más clásico como “burguesía”, las suspicacias contra su actividad están a la orden del día. Las descripciones sobre la supuesta naturaleza avara, codiciosa y mendaz de ustedes son recurrentes en quienes los desprecian por estar movidos por el animo de lucro, con el cual supuestamente explotan y esquilman a sus semejantes hasta la saciedad. Juicios como esos suelen ser el vocabulario con el que se entrenan los que más que destruir sus empresas quieren destruir es al capitalismo, ya que concluyen que el capitalismo es lo que los corrompe.

El capitalismo, entendido como el afán de los empresarios de acumular capital a cualquier precio e invertirlo con el máximo de retorno, es el objeto de la crítica habitual de quienes hablan de la naturaleza de “el capital”, ya sea del siglo XIX, XX o XXI[1]. Sin embargo, y a pesar de las críticas a ustedes como “capitalistas”, los hechos son tozudos: son indispensables para la prosperidad de cualquier sociedad y así lo entienden a la larga sus mordaces críticos. No por nada los reclamos de ellos se dirigen a defenderlos de ustedes mismos, ya sea del empresario pequeño y mediano contra el grande, o al grande contra el extranjero, pues según ellos, dependiendo del tamaño de la empresa, el afán de acumular e invertir capital será mayor en una empresa más grande que en una de menor tamaño, y, por ende, las grandes empresas (salvo que sean nacionales, y si son estatales, mejor) deben ser puestas bajo control.

Lo cierto es que ideas de ese calado no tendrían tanto impacto sino fuese porque a los que quieren destruir el capitalismo se les suma los que lo quieren “corregir”, es decir, aquellos que de forma más sutil propugnan una sinergia entre un “sector privado” que produce y un “sector público” que lo regula. Ustedes son entonces unos personajes que requieren el auxilio de unas “adecuadas” reglas de juego que modere sus peores instintos, pues la sociedad no se puede permitir que la labor tan importante que ustedes adelantan sea saboteada por su desenfreno en la voluntad de enriquecerse. A esas reglas se les ha llamado oportunamente “instituciones”, pero lo que estos “amigos” suyos no logran comprender, es que dichas instituciones surgen de la libre concurrencia con la que precisamente ustedes se emulan y rivalizan, no del diseño deliberado de terceros que pretendiendo ser omniscientes y neutrales respecto a dicha concurrencia creen ser superiores a ella porque sus juicios supuestamente anteceden y/o preceden a los resultados de dicho proceso.

Estos ingenieros sociales de las instituciones o “liberales” de superintendencia, son incapaces de reconocer que puede haber orden sin un plan, o no de un único “plan”, el de ellos, al que inclusive lo bautizan con los adjetivos de “nacional de desarrollo”, sino que dicho orden surge del encuentro de múltiples planes “de negocio”, como precisamente se la pasan formulando ustedes. Con el fin de respetar los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos, nuestros “liberales” de superintendencia los proveen de normas y mandatos a placer que ustedes tienen que acatar con tal de “proteger al consumidor” y “garantizar la competencia leal”. No siendo suficiente el que ustedes se las tengan que ver con la competencia, los proveedores, los trabajadores, los clientes, los inversionistas, los socios, entre otros, deben ademas tener “responsabilidad social empresarial”, pues nunca será suficiente lo que hacen para compensar su irremediable inclinación exclusiva al lucro.

La consecuencia de que los funcionarios trabajen a espaldas suyas para “ayudarles” es que precisamente el empresariado tiende a volverse una “mafia” y ser “burguesía”, como decíamos en un principio son los términos con que sus detractores los denuncian. Y es que no hay mayor “mafia” que el Estado y más fiel burocracia que la “burguesía”, como de hecho la expresión remite a los gobernantes del burgo o ciudad[2]. Se hace habitual entonces recomendarles que  imiten a los burócratas y los burócratas a ustedes, para que así el Estado se maneje como una empresa y las empresas con interés por la utilidad pública y el bien común. Necesitamos “gerentes, no políticos” y “empresarios con responsabilidad social” son los lemas que resumen esa exigencia. Imitando cada uno sus virtudes, ambos corregirán sus respectivos vicios: qué fórmula más atractiva, ¿no? Pero como lo que importan son los resultados y no las buenas intenciones, tenemos como consecuencia que algunos de ustedes se vuelven contratistas dependientes del erario y al servicio de un burocracia (o tecnocracia) con cada vez más recursos que gasta (o “invierte” dirían algunos) a discreción y con arbitrariedad.

Para un país que en homenaje a un empresario como Cristóbal Colon se hace llamar “Colombia”, no puede ser más oportuno detenerse a revisar un hecho como el que hemos venido exponiendo.  El mismo Colon, cual presidente de ONG, se la paso pidiendo fondos para su empresa a monarcas de la época, lo cual se le excusa en parte porque en carencia de inversionistas ángel como los de ahora u otras alternativas de financiación privada, los gobernantes eran los principales patrocinadores de iniciativas comerciales y científicas. Y, sin embargo, la capacidad coordinadora y creativa con la que convenció a más de un navegante y comerciante de unirse a su apuesta de abrir una nueva ruta de comercio a las Indias desato un literal proceso de descubrimiento que propicio la integración comercial de un continente entero que sigue dándose hasta el día de hoy.

Colon, además de navegante, cartógrafo, astrónomo y comerciante, era por encima de todo, una persona curiosa: lo suficiente para atreverse a pensar nuevas formas de hacer las cosas y obrar en consecuencia. Esa perspicacia o “estar alerta” a las oportunidades que tuvo Colon fue lo que le motivo a muchos otros a emularlo y como no, a rivalizar con él, haciendo del descubrimiento de un nuevo mundo un homenaje a lo que ocurre cuando la libertad se le deja recrear en la búsqueda del beneficio.  La proeza de ciencia y empresa de Colon no pudo si quiera ser burlada por Américo Vespucio, que es la historia de que quien patenta no necesariamente es quien inventa. ¿Robo de derechos de autor? Otros más versados en la creación de escasez artificial, como son los defensores de derechos de propiedad intelectual lo dirán, pero lo cierto es que si América no se llama Colombia es porque en efecto el empresario, al buscar su beneficio legítimo, de paso logra el de los demás. “Nadie sabe para quien trabaja” me podrian decir, pero lo correcto es entender que “todos sabemos que trabajamos para nosotros mismos”: no hay mejor resumen de la naturaleza humana. Por eso, cada que se ataca al empresario, se ataca la naturaleza humana, y, por ende, a la libertad. Porque la búsqueda del beneficio, que por un proceso de descubrimiento va logrando hacer concurrir los intereses de los demás, es aquella que hace que nos encontremos en nuestro legitimo deseo de prosperar.

Colombia es un país de empresarios y así nos lo recuerda no solo la historia de Colon, sino la de nuestras familias, ya que no hay pensar que el mundo de la empresa es digno solo de multimillonarios como Santodomingo, Ardila Lule o Sarmiento Angulo, sino que basta con revisar la historia de alguno de nuestros abuelos, tíos o padres para encontrar a alguien que se haya atrevido a vivir de lo propio y hacerse un destino. Y es que la historia de las empresas familiares es la historia de cada siete de diez empresas que existen en cualquier país, aunque la mayoría de ellas no supera la segunda generación, precisamente por que sus integrantes subestiman su importancia. Si partimos de la consciencia de que el empresario es aquel que ve el futuro con ojos de historiador y que el historiador es aquel que ve el pasado con ojos de empresario, ignorar u olvidar la trayectoria de las empresas familiares hace que la imaginación del empresario este desprovista de una memoria solida que nutra su creatividad, pues la imaginación y el recuerdo se alimentan mutuamente. Y no basta con saber asumir la herencia de una empresa familiar: hace falta tener la vocación de ser una familia empresaria.

Ustedes empresarios son más que los agremiados de la ANDI, FENALCO, ASOBANCARIA, SAC, FEDEARROZ, FEDEPALMA, FEDEGAN, FASECOLDA, ACOLFA, ACOPI, ACOPLASTICOS, CAMACOL, ASOFONDOS, entre muchos otros. Tampoco son solamente todos aquellos del universo de las “pymes”. Empresario es todo aquel que se plantea unos fines y se hace a unos medios para lograrlos. Empresa es toda aquella asociación entre dos o más individuos que aportan capital y/o trabajo para lograr ciertos fines. Institución es el resultado del intercambio cooperativo y competitivo entre los empresarios y sus empresas. La empresa es lo justo, es lo eficiente: es la civilización. Nunca lo olviden.

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[1] La naturaleza del capital es propiamente visible en economías ampliamente monetizadas que permitan valorar patrimonios en términos monetarios como para que se dé un intercambio de derechos de propiedad, y, por ende, un genuino mercado de capitales. Aunque fenómenos de dicha naturaleza se puedan rastrear desde el siglo XVI, o incluso puede que antes, son los últimos tres siglos en donde propiamente se han desarrollado a plenitud. La novedad del fenómeno precisamente haría entender que el empresario es anterior al capitalista y que cuando el empresario se vuelve a su vez capitalista, se “degenera”, “pervierte” o aleja de su verdadera misión. Las consecuencias de ese juicio son altamente perjudiciales para una correcta comprensión de la naturaleza del capital (y de la historia económica del mismo), con lo cual solo quiero señalar acá que su debate es mas vigente que nunca, aunque no es motivo del presente escrito profundizar en él.

[2] La “burguesía” era precisamente un estamento, antes que una clase social, es decir, una especie de gremio o cofradía que agrupaba a profesionales libres (abogados principalmente) y comerciantes de diverso tipo que como propietarios de bienes inmuebles en una ciudad practicaban el autogobierno para proteger sus intereses en común. Su dedicación a labores de gobierno los hará propensos ejercer la práctica de sus labores y comercio en imitación a oficios burocráticos y de administración.

Lozano Eastman

Periodista, ministro, banquero, abogado, economista, tolimense y caldense. El último de los republicanos y el primero de los anarquistas.

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